Rory Gallagher, el músico que no quiso reinar

Recuerdo la primera vez que escuché a Rory Gallagher. Un amigo me dejó el Tatto y cuando comenzó a sonar no podía creer lo que estaba oyendo. Había fuerza, había blues, había una sensibilidad absoluta y había pasión a raudales. Fue amor a la primera escucha, así que salí corriendo a la tienda de discos y compré un par de álbumes más y allí seguía esa magia, ese algo especial, ese toque divino que sólo tienen los grandes. La pregunta entonces fue ¿cómo es que no le había conocido antes? Repasando la vida de Rory Gallagher es fácil darse cuenta de que lo tuvo todo para estar en el Olimpo de la Música pero se esforzó con obstinación en que no fuera así.

Resulta cuanto menos paradójico el hecho de que a pesar de haber vendido más de 30 millones de discos, contar por llenos sus innumerables conciertos y ser uno de los guitarristas más grandes de todos los tiempos, Rory Gallagher sea un completo desconocido para el gran público. Por talento e influencia debería estar entre esas figuras que han transcendido a su arte para convertirse en iconos de la música. Como Jimi Hendrix, por poner un ejemplo fácil. Pero lo cierto es que nunca habrá una camiseta con su imagen en unos grandes almacenes, ni se le nombrará en el telediario cuando hablen de los grandes de la música del s.XX. Repasando su carrera es inevitable preguntarse por qué razón un músico de su dimensión no se convirtió en un mito.

Rory Gallagher sólo tuvo una pasión en su vida, y todas las decisiones que tomó a lo largo de sus más de 30 años de actividad estuvieron encaminadas a proteger lo que más amaba: su música. Cualquier aspecto ajeno a ella era una distracción innecesaria y cualquier intento de intromisión en su independencia creativa y musical era recibido como una agresión. Su concepto de la música nada tenía que ver con la industria. Se opuso obstinadamente a que se editaran singles con sus temas para desesperación de las discográficas, que veían como se cerraba las puertas de las radios y por lo tanto, de la fama. Se alejó de producciones excesivas, de las grandes campañas de publicidad y de las portadas de las revistas. Este daño colateral asociado a su talento le resultaba molesto, por lo que depositó los asuntos engorrosos en las manos de una persona de su total confianza, su hermano Donal, al que nombró su manager cuando inició su carrera en solitario.

Además, su carácter sencillo, humilde y tímido nada tenía que ver con los atributos de una rock star. No se casó ni tuvo relaciones conocidas, estaba en contra de las drogas y nunca permitió su consumo a los músicos que trabajan con él. Otra cosa era la bebida, moralmente bien vista por la sociedad irlandesa. Negar la adicción de Gallagher al alcohol es absurdo, no obstante murió por las complicaciones de un trasplante de hígado al que se sometió por una cirrosis, pero hasta qué punto afectó su alcoholismo a su carrera es otra cuestión. Gallagher no fue un hombre excesivo en ninguno de los aspectos de su vida y este no iba a ser una excepción. Aparentemente, jamás se subió a un escenario borracho, ni provocó ningún altercado ni suspendió ningún concierto por esta causa. Bebía mucho y constantemente, pero no hasta el punto de perder los papeles.

El control que ejercía sobre su música era parejo a su desinterés por el dinero. Él sólo quería tocar y para eso le bastaba su inseparable Stratocaster del 61, que había comprado con 15 años y que le acompañó durante toda su carrera. Fue un trabajador incansable, casi compulsivo, y realizó maratonianas giras en las que ofreció hasta dos shows por noche de más de tres horas de duración cada uno. Cuando Rory Gallagher se subía a un escenario sufría una metamorfosis mágica que le transformaba en un animal escénico intenso, salvaje y desbocado. En sus propias palabras, era como el Dr. Jekyll y Mr. Hide. Su música, con la que supo aunar de manera magistral folk, rock y sobretodo blues, estilo del que tenía un conocimiento exhaustivo y por el que sentía el respeto más absoluto, influyó en las composiciones de las bandas más importantes de la época. Los mejores guitarristas del planeta admiraban su técnica y su virtuosismo autodidacta.

Su carrera profesional se inició cuando formó Taste con 18 años. Su talento era tan evidente que, tras la disolución de la banda, Polydor le ofreció un contrato para grabar seis álbumes. Tenía 22 años y tardó sólo tres en cumplir con la discográfica. Durante los diez primeros años de su carrera en solitario, entre 1971 y 1980, Rory Gallagher fue un auténtico prodigio de actividad. En esa década editó once de los catorce álbumes que componen su discografía. Con “Stage Struck” culminó la etapa más productiva del guitarrista, al que cada vez le costaba más estar satisfecho con sus álbumes. De hecho, en la siguiente década sólo lanzó al mercado tres discos más, “Jinx “en 1982, “Defender” en el 87 y “Fresh Evidence” en 1990.

El guitarrista del pueblo, como era conocido, mantuvo su independencia e integridad con la misma honestidad y sencillez con la que vivió. Su carrera está jalonada por oportunidades únicas que dejó pasar con la tranquilidad de quien sabe el camino que quiere seguir. Las más sonadas fueron que estuvo a punto de formar parte de The Rolling Stones en sustitución de Mick Taylor y que rechazó participar en el rodaje de The Last Waltz porque tenía un concierto ese día.

Rory gallagher sucumbió a la propia presión de su autoexigencia. Se volvió cada vez más solitario y se acentuaron sus miedos e inseguridades. El mismo músico que en 1990 había realizado 25 giras en Estados Unidos desarrolló un terror patológico a volar. La combinación de la medicación para paliar este mal, su adicción a la bebida y el agotamiento físico y mental afectó a su salud gravemente. En el deteriorado aspecto que presentaba los últimos años de su vida era difícil reconocer al guitarrista virtuoso que armado con una Stratocaster ajada y una camisa de cuadros se convirtió en el pionero del rock en Irlanda.

En cierto modo, Rory Gallagher fue víctima de su amor por la música. Le dedicó su vida de manera absoluta y su vocación devota fue desgastando su cuerpo y su mente progresivamente hasta que el 14 de junio de 1995, con 47 años, su energía se agotó definitivamente. Cuando Rory Gallagher murió, su vieja Stratocaster del 61 descansaba a su lado. Su inseparable compañera llevaba con él más de 30 años.

Hay músicos que necesitan ser reivindicados. La memoria colectiva, voluble a las modas, sometida a un constante bombardeo de información y frágil al paso del tiempo, comete con frecuencia el descuido de dejar en el olvido a figuras que por su relevancia forman parte fundamental de la Historia de la Música. Este es nuestro pequeño homenaje a Rory Gallagher, el músico que no quiso reinar.

3 comentarios en «Rory Gallagher, el músico que no quiso reinar»

  1. Con que gusto y con que respeto has tratado y tratas a uno de los grandes. Curiosamente, yo también lo descubrí de casualidad ( bendita casualidad). Siempre estará conmigo mientras pueda escuchar música.

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    • Muchas gracias, Juan Carlos. Rory Gallagher fue admirable como músico y como persona. Conociendo un poco su historia es imposible no sentir simpatía y respeto por un tipo como él. Afortunadamente, nos dejó un legado maravilloso con el que poder recordarle.

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  2. Precioso análisis de uno de los más grandes. Su necesidad de no pertenecer al star sistem (o quizás más su poca preocupación por ello) me recuerda a alguno de los grandes de este país. Siempre es bueno reivindicar a Rory. Gracias por ello Fran.

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